Compa, compañero, compañera, son palabras del día a día que habitan nuestras vidas desde el minuto en el que empezamos a militar, tal vez la dureza del cotidiano o quizás la lucha que muchas veces se espesa y nos endurece, nos nubla el contacto con el otro, la mirada a la otra, a pesar de que nuestrxs compas están ahí, hombro a hombro. A veces olvidamos cuanto nos necesitamos como camaradas, como compañía en la trinchera, entre genocidios, hambre y la vulnerabilidad global, observar al monstruo del capitalismo es entender que también actúa sobre nuestros vínculos y tiene intenciones de desmoronarlos, manteniéndonos aislados, lejanos unos de los otros en el adentro de nuestra militancia.

Tener los mismos sueños no es poca cosa, compartir el deseo de luchar por la dignidad de todos los pueblos no es menor, la capacidad de debatir y de insistir en las ideas, compartir frustraciones y aunar esfuerzos para convertirlas en posibilidades, no es poco, es la sustancia de lo que nos provoca continuar a pesar de vivir la creciente asfixia capitalista cada día.

Entonces, frente al monstruo que quiere desestabilizar nuestras esperanzas y convicciones, sostener los vínculos de la camaradería es sin duda un acto revolucionario, en ese sostener tocará comprendernos como parte de algo que trasciende la individualidad, la invitación es volver a ver a la camaradería como aquella que desromantiza la amistad como un término hetereo y comercial coptado por los grandes capitales, y la transforma en la convicción de construir con los otros y las otras, desde el compromiso con los afectos como parte de nuestra lucha y no como un obstáculo, sino como aquello que nos permite gozar de la alegría que significa caminar la revolución, significado que el capitalismo insiste en desvanecer y que nos toca cuidar.

Carolina Morón

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